Santo Domingo.-La celebración de la conferencia de la Coalición de las Américas Contra los Carteles (A3C), encabezada por el presidente Luis Abinader y representantes del Comando Sur de los Estados Unidos (SOUTHCOM), ha sido presentada como un hito en la articulación de estrategias contra el narcotráfico y el crimen organizado transnacional. Sin embargo, detrás de los discursos sobre «respuestas no fragmentadas» y «cooperación multinacional», la cumbre deja al descubierto un silencio atronador y una contradicción insostenible: el olvido deliberado de la crisis de Haití y su impacto migratorio y de seguridad en la República Dominicana.
Resulta difícil comprender cómo 19 naciones del hemisferio se reúnen en el corazón del Caribe para cartografiar las amenazas del crimen organizado sin colocar en el centro de la mesa el principal foco de inestabilidad y violencia de la región. Hoy por hoy, el avance impune de las bandas armadas en Haití no es solo un drama humanitario; es el colapso territorial de un Estado vecino que alimenta el tráfico ilícito de armas, la trata de personas y la operatividad de redes criminales que trascienden fronteras.
Para la República Dominicana, este vacío en la agenda no es un mero detalle diplomático; es una omisión estructural. El país asume en soledad el costo social, económico y de seguridad derivado de la presión migratoria incontrolada y de la contención militar en la frontera.
Que una cumbre de alto nivel en suelo dominicano pase de largo sobre este fenómeno convierte la narrativa de la «cooperación regional» en una formulación incompleta.Como bien señaló el mandatario dominicano durante la apertura: «Si el crimen se organiza internacionalmente, la respuesta de los Estados no puede permanecer fragmentada nacionalmente».
Un principio impecable que, lamentablemente, parece perder vigencia cuando se trata de abordar el vacío de poder haitiano. ¿Acaso las bandas armadas que controlan comunidades enteras a pocos kilómetros de nuestra frontera no constituyen una estructura del crimen transnacional? ¿Es posible blindar las infraestructuras críticas y las rutas del narcotráfico mientras se ignora un territorio sin ley en el Caribe?La lucha contra el narcotráfico y las redes ilícitas es imperativa y loable.
No obstante, la estrategia de seguridad regional no puede permitirse puntos ciegos ni prioridades selectivas impuestas por la agenda internacional.Si Santo Domingo ha de ser el epicentro de una verdadera gobernanza de seguridad continental, las autoridades dominicanas y los aliados multilaterales deben entender que no habrá estabilidad real en el hemisferio mientras la tragedia haitiana y su impacto migratorio continúen abordándose con la indiferencia del silencio.
La seguridad del Caribe y la soberanía dominicana exigen respuestas integrales, no soluciones a medias.