SANTO DOMINGO, RD. – La industria cinematográfica de la animación vuelve a vestirse de gala con el más reciente y ambicioso proyecto de LAIKA Studios: “Wildwood”. Tras más de una década de meticuloso desarrollo, la productora conocida por obras maestras como Coraline y Kubo and the Two Strings entrega un largometraje que demuestra un compromiso inquebrantable con sus imágenes, consolidándose como un verdadero prodigio artesanal en la era digital.
Visualmente, la película es una carta de amor al stop-motion. Cada fotograma desborda texturas, una iluminación atmosférica impecable y una escala fantástica que transporta de inmediato al espectador al místico bosque que da nombre a la cinta. Los talleres de LAIKA han empujado los límites técnicos de la animación fotograma a fotograma, logrando secuencias fluidas que compiten directamente con las grandes producciones de efectos computarizados, pero manteniendo esa alma orgánica tan característica de su sello.
El problema principal de la producción, sin embargo, reside menos en su duración total que en la abrumadora cantidad de acontecimientos que intenta incorporar. Al tratar de adaptar la densa mitología de la novela original de Colin Meloy, el guion tropieza al querer abarcar demasiadas subtramas, arcos de personajes y giros políticos dentro del bosque. Esta saturación de eventos provoca que el ritmo se vuelva atropellado en su segundo acto, dejando poco espacio para que las revelaciones emocionales y los momentos de tensión respiren adecuadamente.
A pesar de este bache narrativo, el viaje de Prue McKeel por rescatar a su hermano menor de las garras de las criaturas oscuras se sostiene gracias al carisma de sus protagonistas y a una dirección de arte soberbia. “Wildwood” se ratifica como una experiencia indispensable para la pantalla grande; un recordatorio de que, aunque la narrativa pueda enredarse entre la maleza, el arte de la animación física sigue vivo, vibrante y dispuesto a maravillar al mundo entero.