Niños Beisbolistas
NoticiasenlineaRD
PARTE 1 El juego que muchos niños comienzan a vivir con miedo
En el béisbol infantil existen heridas que no aparecen en el marcador. Son emocionales, silenciosas y muchas veces provocadas sin intención por los propios adultos que más aman a esos niños.
Durante años trabajando en el deporte, especialmente en el béisbol infantil y juvenil, he observado una conducta que cada vez me preocupa más: padres y madres que viven los juegos con tanta ansiedad y presión, que terminan transmitiéndola directamente a sus hijos.
Desde las gradas se escuchan frases como:
— “¡Tienes que dar hit!”
— “¡No te puedes ponchar!”
— “¡Haz algo!”
— “¡Mira cómo juega el otro niño!”
Lo que algunos consideran motivación, muchas veces el niño lo recibe como miedo, obligación y angustia.
Un niño entre 5 y 16 años todavía está formando su personalidad y aprendiendo a manejar sus emociones. No procesa la presión como un adulto. Cuando siente que el cariño, la aprobación o la tranquilidad de sus padres dependen de su rendimiento en el terreno, el deporte deja de ser diversión y aprendizaje para convertirse en una carga emocional.
He visto padres incapaces de disfrutar un juego con calma. Algunos desarrollan conductas nerviosas constantes: gritos exagerados, señas compulsivas, desesperación, cambios de humor y frustraciones que terminan afectando directamente al niño.
El béisbol, como cualquier disciplina deportiva, está lleno de errores, fracasos momentáneos y días malos. Incluso los grandes jugadores de las ligas profesionales fallan constantemente. Sin embargo, muchos niños crecen sintiendo que equivocarse no está permitido.
Ahí comienza el problema.
Muchos niños empiezan a jugar más preocupados por no fallar que por disfrutar el juego. Poco a poco pierden espontaneidad, confianza y seguridad emocional.
El béisbol deja de ser felicidad.
Y empieza a convertirse en tensión.
Continuará…
En la próxima entrega abordaré cómo la ansiedad de muchos padres termina afectando emocionalmente el desarrollo del niño dentro y fuera del terreno.

Por Rafael Leonidas Castillo Olivero