Santo Domingo — Hay vidas que trascienden las páginas del tiempo por la huella indeleble que dejan en el desarrollo de una nación. La partida de Don Román Ramos Uría, fundador de Grupo Ramos y figura cúspide del empresariado en la República Dominicana, marca el fin de una era. Como un tributo póstumo a su memoria y un legado para las presentes y futuras generaciones, rescatamos el diálogo exclusivo que sostuvo con la periodista Millizen Uribe para la serie documental Migrantes, considerada la última entrevista que concedió en vida.
Lejos del oropel o la fortuna que acumuló con las décadas, Don Román narró sin cortapisas el origen de un imperio comercial que nació del sudor, la disciplina inquebrantable y una determinación a prueba de adversidades.
De Asturias a Santo Domingo: Un pasaje de tercera clase y 80 pesos de sueldo
Corría el año 1959. Un joven Román Ramos, de apenas 17 años, observaba desde la tienda de su familia en Pola de Allande (Asturias, España) los automóviles americanos de los prósperos comerciantes textiles que regresaban de vacaciones desde la República Dominicana y Puerto Rico. Atraído por ese espíritu de superación, tomó la decisión de emigrar.
Para pisar suelo dominicano bajo la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, se exigía una carta de reclamación que garantizara que el inmigrante no sería una carga pública. Con un trabajo asegurado como despachador en M. González y Compañía por intercesión de un amigo de su padre, emprendió el viaje desde el puerto de Vigo en la categoría más baja del barco: tercera clase.
Al llegar, las condiciones no eran idílicas. Cobraba un salario de 80 pesos mensuales, de los cuales 60 se destinaban al pago de la pensión y el lavado de ropa. Los sábados recibía un adelanto de 5 pesos.
“Mi primer trabajo fue despachar mercancía para todas partes… Yo flejaba los bultos, luego los rotulaba. Y yo después, el sábado, barría el almacén entero. Todos los días recogía los zafacones y los inodoros y los limpiaba yo porque era el más nuevo. Iba a estar de empleado un tiempo, pero yo no venía aquí a lavar los suelos. Desde luego que no”, rememoró sobre sus inicios.
Su meta estaba clara desde el día uno: independizarse y convertirse en dueño de su propio negocio.
La osadía de 1965: Comprar La Sirena en plena Revolución
Mientras el país atravesaba la convulsión política tras la caída del régimen trujillista y el estallido de la Revolución de Abril de 1965, Ramos, que ya llevaba más de dos años trabajando como empleado en la tienda La Sirena, vio la oportunidad donde otros veían ruina.
Junto a un socio, adquirió la tienda por algo más de 100 mil pesos, dando un inicial de 50 mil. Cuando el socio decidió retirarse unos años más tarde, Don Román asumió la totalidad de la deuda en condiciones sumamente precarias, al punto de que banqueros de la época llegaron a darlo por quebrado.
La clave de la recuperación no fue el azar, sino la capacidad de reinvención. Al notar que el mercado de telas estaba saturado, comenzó vendiendo 125 pesos en esmaltes de uñas y cosméticos que le ofreció un proveedor. De ahí dio el salto que revolucionó el comercio al por menor en el país: crear el primer hipermercado de la República Dominicana, uniendo bajo un mismo techo ropa, cosméticos, alimentos y carnes.
“La gente decía que yo estaba loco, que nadie iba a mezclar una camisa con un pollo, con una carne”, relataba al recordar cómo rompió los esquemas del retail tradicional.
Trabajo, constancia y una cultura de esfuerzo
A lo largo de sus 83 años de vida, Don Román nunca ocultó que el éxito empresarial requería un nivel de sacrificio que pocos están dispuestos a asumir. Con la franqueza que lo caracterizaba, desmitificó la idea del progreso fácil:
“La gente piensa que las cosas caen de arriba del cielo. No, no. Muchos 31 de diciembre me lo pasé arriba de un tramo, tirando fardos de camisas para arriba, tirando sudor, mojando el piso con el sudor”.
Al reflexionar sobre el impacto de la migración hispana en el país y compararlo con otros empresarios icónicos como José Luis “Pepín” Corripio, Ramos ponderó la trascendencia de la disciplina y el respeto a la función social del trabajo.
Para quienes aspiran a emprender o emigrar en la actualidad, su consejo final quedó grabado como una guía de vida:
“Hay una cosa que se llama trabajar. Y cuando vamos a trabajar no hablamos de abrir zanjas. Hablamos de tener una disciplina y respetar una disciplina… Tener constancia, un propósito de crecimiento y no resignarse a ser un empleado de por vida”.
Hoy, Grupo Ramos —que arribó a sus 60 años de trayectoria impulsado por miles de colaboradores— se erige como el testimonio vivo de aquel jovencito asturiano que desembarcó en 1959 con un pasaje de tercera clase y la inquebrantable convicción de sembrar progreso en tierra dominicana.