Por: Por Eric Schmitt
El festejo fue prematuro y la realidad en el Medio Oriente es un monstruo que no se deja domar con discursos de campaña. El pomposo “acuerdo de paz” de 60 días que el presidente estadounidense Donald Trump celebró con bombos y platillos hace apenas unas semanas se está desintegrando en las aguas estratégicas del estrecho de Ormuz. Lo que se vendió como un pacto histórico ha vuelto a convertirse en lo que verdaderamente es: un polvorín a punto de estallar.
La jornada de este martes desnudó la fragilidad de la diplomacia bajo fuego. En una doble respuesta contundente, la Casa Blanca ordenó un masivo ataque aéreo contra territorio iraní e, inmediatamente, revocó la exención financiera que le permitía a Teherán vender su petróleo en el mercado internacional a cambio de dólares. La tregua económica duró un suspiro, y el Estrecho de Ormuz vuelve a oler a pólvora.
El Pentágono no anduvo con rodeos. El Comando Central del ejército estadounidense (CENTCOM) confirmó el uso de municiones de precisión para pulverizar más de 80 objetivos estratégicos en la costa sur de Irán, incluyendo sistemas de defensa aérea, radares costeros, almacenes de misiles antibuque y más de 60 embarcaciones rápidas de la Guardia Revolucionaria Islámica. Las explosiones que sacudieron localidades clave como Bandar Abbas y la isla de Qeshm son el eco de una crisis que amenaza con estrangular, una vez más, el suministro energético mundial.
La agresión en la sombra y la respuesta en Ankara
La justificación de Washington es directa: Irán violó las reglas del juego al atacar de manera cobarde a tres buques mercantes no militares en aguas del golfo de Omán, entre ellos un petrolero saudí y un buque de gas natural licuado de Catar. Aunque Teherán guarda un silencio sepulcral y no se ha atribuido la autoría, las huellas dactilares de sus drones de ataque parecen estar calcadas en el fuselaje de los barcos comerciales.
La orden de atacar se firmó lejos de Washington. Donald Trump, fiel a su estilo de alto perfil, aprobó la ofensiva militar en Ankara, Turquía, en medio de una cumbre de la OTAN, tras reunirse de urgencia con su plana mayor: el general Dan Caine (jefe del Estado Mayor Conjunto), Pete Hegseth (secretario de Defensa) y Marco Rubio (secretario de Estado). En la mesa de negociaciones de la OTAN, Trump minimizó la gravedad con una de sus típicas frases: “La guerra con Irán ni siquiera es una guerra… Es una operación militar. Es una desnuclearización”. Sin embargo, el despliegue de cazas norteamericanos dictó una sentencia muy diferente en el terreno de juego.
Un país sin Líder Supremo y un canal bajo control
El momento elegido para este choque de trenes no podría ser más crítico. Irán se encuentra sumido en un limbo político y espiritual, en medio de las ceremonias fúnebres por la muerte del ayatolá Alí Jameneí, el Líder Supremo que falleció el primer día de este conflicto. Con las negociaciones bilaterales suspendidas por el duelo y el mando militar iraní opuesto férreamente a cualquier acuerdo que limite sus opciones nucleares, el riesgo de un error de cálculo es total.
El meollo del asunto sigue siendo el control del tráfico marítimo. Mientras Estados Unidos exige un tránsito libre y sin restricciones por las rutas cercanas a Omán, Irán insiste de manera desafiante en obligar a las embarcaciones comerciales a navegar pegadas a su propia costa, bajo un embudo de supervisión y chantaje militar.
Recomiendo leer: los residentes de La Cuaba lo llaman por su nombre: una sentencia de muerte para sus fuentes acuíferas
La exención petrolera de 60 días fue diseñada para que los sectores moderados de Irán saborearan las riquezas del mercado libre y ganaran influencia sobre los generales de la línea dura. Hoy, esa estrategia saltó por los aires. Con los grifos del dinero cerrados de golpe y las bombas cayendo sobre sus bases navales, la región vuelve a entrar en un espasmo de violencia. El “milagro” de la paz en el estrecho de Ormuz se ha transformado, en menos de dos semanas, en una cruda y peligrosa realidad de guerra abierta.