Por Rafael Leónidas Castillo Olivero. Licenciado en Comunicación Social Magna Cum Laude, Contador Público Autorizado. Comunicador Social con más de 20 años de experiencia en Opinión Publica.
Después de años observando el comportamiento de padres, atletas y entrenadores en el béisbol infantil, he llegado a la conclusión de que uno de los problemas menos visibles, pero más frecuentes, es la presión emocional que muchos niños reciben desde las gradas.
Lo preocupante es que, en la mayoría de los casos, esta presión nace del amor y de las buenas intenciones de los padres. Sin embargo, cuando no se maneja adecuadamente, puede producir efectos contrarios a los que se persiguen.
He visto padres incapaces de permanecer tranquilos durante un partido. Algunos desarrollan conductas nerviosas evidentes: movimientos compulsivos, señas exageradas, gritos permanentes, discusiones, cambios bruscos de humor y niveles de tensión que terminan contaminando el ambiente.
Muchos viven cada lanzamiento como si fuera una final profesional.
Y el niño lo siente.
Lo observa.
Lo absorbe.
En numerosas ocasiones he tenido que orientar a jóvenes que llegan emocionalmente bloqueados. Niños talentosos que durante los entrenamientos juegan relajados y seguros, pero que en presencia de sus padres cambian completamente su comportamiento.
Recuerdo particularmente el caso de un niño con habilidades extraordinarias. En las prácticas sonreía, disfrutaba el juego y se desenvolvía con confianza. Pero cuando su padre llegaba al estadio, todo cambiaba. El niño se tornaba inseguro, miraba constantemente hacia las gradas y jugaba con evidente temor a equivocarse.
Con el tiempo abandonó el béisbol.
No fue falta de talento.
Fue exceso de presión.
Casos como este me han llevado a reflexionar profundamente sobre el impacto que puede tener la conducta de los adultos en el desarrollo emocional de los niños. En ocasiones creemos que estamos motivando, cuando en realidad estamos generando ansiedad.
Muchos adultos no comprenden que la presión emocional constante también puede convertirse en una forma de violencia psicológica.
No porque exista mala intención, sino porque el impacto emocional sobre el menor puede ser profundo.
En lo personal, considero preocupante cuando un niño comienza a sentir miedo de fallar delante de sus propios padres. Ahí el deporte deja de convertirse en formación y empieza a transformarse en una fuente de presión emocional.
Las consecuencias pueden manifestarse de distintas maneras:
ansiedad deportiva,
miedo escénico,
baja autoestima,
inseguridad,
frustración constante,
bloqueo emocional,
rechazo al deporte,
distanciamiento entre padres e hijos.
En algunos casos, incluso, es necesaria la intervención de psicólogos especializados para ayudar al niño a recuperar seguridad y estabilidad emocional.
La propia legislación dominicana reconoce la importancia de proteger la salud emocional de los menores. La Ley 136-03, que establece el Código para el Sistema de Protección y los Derechos Fundamentales de Niños, Niñas y Adolescentes, reconoce el derecho del menor a su integridad física, psíquica, moral y emocional, responsabilizando a la familia y a la sociedad de protegerlos de cualquier forma de maltrato que afecte su desarrollo integral.
Lo más preocupante es que muchos padres realmente aman a sus hijos y hacen enormes sacrificios económicos y personales para apoyarlos. Su intención no es destruirlos emocionalmente. Sueñan con verlos triunfar, progresar y alcanzar oportunidades que quizás ellos nunca tuvieron.
Pero cuando el sueño del adulto pesa más que la felicidad del niño, el deporte comienza a perder su verdadero propósito.
No todos los daños en el deporte son físicos.
Hay heridas emocionales que también dejan marcas profundas.
Como orientador y formador de jóvenes, he aprendido que el talento puede recuperarse, una mala temporada puede superarse y una derrota puede olvidarse. Lo que muchas veces resulta más difícil de sanar son las heridas emocionales que se producen cuando un niño siente que el amor, la aceptación o el orgullo de sus padres dependen de su desempeño en el terreno.
A veces el niño no abandona porque le falte talento.
Abandona porque el juego dejó de ser un espacio de crecimiento y comenzó a convertirse en una fuente permanente de presión.
Continuará…
En la próxima y última entrega compartiré algunas reflexiones y recomendaciones para padres, entrenadores y academias sobre cómo formar niños emocionalmente fuertes, sin perder de vista que antes que atletas estamos formando seres humanos.
¿Genero el Word con los datos o lo dejamos así?