El doctor José Francisco Peña Gómez, en alocución en uno de los miles mítines de la campaña
Por: José Abreu (ABREU)
Por NoticiasEnlineaRD
Hoy se cumplen 28 años de la partida física de José Francisco Peña Gómez, y su figura, lejos de desvanecerse, se agiganta en el espejo de nuestra democracia. Hablar de Peña no es solo hablar de un líder de masas; es narrar la historia de un hombre que venció el destino trágico de la orfandad y el prejuicio para convertirse en el arquitecto de la libertad moderna en la República Dominicana.
El estruendo de abril y la forja de un líder
Su trayectoria nacional quedó sellada con fuego en abril de 1965. Mientras el país se hundía en la incertidumbre del golpe de Estado, fue la voz potente y vibrante de Peña Gómez, a través de Tribuna Democrática, la que llamó al pueblo a ocupar las calles para restaurar la Constitución de Juan Bosch. Ese joven de verbo encendido no solo movilizó a un pueblo; le dio una identidad política al desposeído, al trabajador y al campesino, convirtiendo al PRD en el partido de la esperanza nacional.
El Estadista Internacional: Un dominicano para el mundo
Peña Gómez fue el dominicano con la visión geopolítica más amplia de su siglo. Su capacidad para dominar siete idiomas no era un adorno intelectual, sino una herramienta de lucha. Como vicepresidente de la Internacional Socialista, Peña sentó a la República Dominicana en las mesas donde se decidía el rumbo de la democracia global, codeándose con figuras como Willy Brandt, Olof Palme y Felipe González. Gracias a sus nexos, la crisis dominicana siempre tuvo una mirada internacional que sirvió de escudo contra los intentos autoritarios internos.
1994. El sacrificio del hombre frente al poder
Profundizar en su vida obliga a detenerse en la crisis electoral de 1994. Tras un fraude colosal perpetrado por el régimen de Joaquín Balaguer, Peña Gómez tenía el país en sus manos. La militancia, herida y enfurecida, esperaba la orden para el asalto final. Sin embargo, en un acto de desprendimiento que pocos líderes en el mundo han emulado, Peña prefirió el Pacto por la Democracia. Sacrificó su ascenso a la presidencia para evitar un baño de sangre y para regalarle al país reformas institucionales —como la prohibición de la reelección, la creación del Consejo Nacional de la Magistratura— que hoy sostienen nuestra estabilidad y la doble nacionalidad.
El perdón como acto de redención final
Sus últimos diez años, de los cuales fui testigo de excepción en su equipo de jóvenes y otros no tan jóvenes, del partido, fueron una lección de estoicismo. A pesar de las campañas de odio, racismo y difamación más feroces que se recuerden, Peña nunca permitió que el rencor habitara en su corazón. Su adiós aquel 10 de mayo de 1998 no fue un grito de guerra, sino un mensaje de paz: “Yo los perdono”.
Peña Gómez murió en San Cristóbal, en una casa construida por el afecto de sus amigos, demostrando que quien vive para el pueblo no necesita acumular riquezas, porque su tesoro es la gratitud eterna de la gente.
