El presidente Trump con el presidente de China, Xi Jinping, el jueves en Pekín.Credit...Kenny Holston/The New York Times
Por The New York
PEKÍN.– El inicio de la histórica visita de dos días del presidente estadounidense Donald Trump a Pekín dejó al descubierto una profunda brecha diplomática. Mientras el mandatario norteamericano apostó por el carisma y los halagos personales, el líder chino, Xi Jinping, impuso un frío pragmatismo enfocado en delimitar las reglas del juego global y marcar a Taiwán como una línea roja innegociable.
“Eres un gran líder”, elogió Trump a su anfitrión en el Gran Salón del Pueblo, expresando públicamente su admiración por el control político que Xi ejerce sobre una nación de 1,400 millones de habitantes. Sin embargo, tras la salva de 21 cañonazos y el protocolar desfile militar, las lisonjas terminaron para dar paso a la dura realidad geopolítica.
Taiwán: La advertencia explícita de Pekín
Xi Jinping dedicó poco espacio a las sutilezas y fijó de inmediato los límites de la relación bilateral. A través de la agencia oficial de noticias Xinhua, Pekín lanzó una advertencia inequívoca a los pocos minutos del discurso público: “Estados Unidos debe tratar la cuestión de Taiwán con la máxima cautela”.
El mensaje del mandatario chino fue fulminante: cualquier intento de acercamiento o negociación económica impulsado por Trump podría estrellarse antes de despegar si la Casa Blanca interfiere en los planes a largo plazo de Pekín para asumir el control total de la isla autónoma.
Dos discursos contrapuestos en la mesa
El encuentro evidenció un notable cambio en el equilibrio de poder y una transformación radical en las posturas de ambos mandatarios:
- El Trump conciliador: Lejos de su agresivo discurso de campaña en Estados Unidos, donde suele tildar a China de “ladrona de empleos” y “amenaza a la seguridad nacional”, Trump se mostró dócil y sumamente moderado en territorio asiático.
- El Xi beligerante: A pesar de lidiar con severas crisis internas en su país —incluyendo la deflación, la despoblación y el estallido de la burbuja inmobiliaria—, Xi exhibió una confianza férrea. Su postura dejó claro que ha llegado el momento de que China actúe y sea tratada como una superpotencia equiparable a Estados Unidos.
Lecciones de historia y ventajas geopolíticas
La firmeza de Xi se alimenta también del contexto internacional de su rival. Pekín observa con atención estratégica cómo Washington consume energías políticas y recursos sumergiéndose en el conflicto con Irán, sumando otra confrontación compleja en Medio Oriente sin una salida clara a la vista.
La jornada estuvo meticulosamente diseñada por el aparato chino para enviar mensajes de superioridad cultural e histórica. Durante un recorrido por el Templo del Cielo, un imponente complejo de la dinastía Ming construido en el siglo XIII, Xi Jinping guió personalmente a Trump, convirtiendo el paseo turístico en una calculada lección de historia adaptada a la era moderna del poder asiático.