El desorden logístico y las ansias de poder que la sociedad condena
Por José Abreu, Director
La Asamblea Ordinaria de Dirigentes del Partido Revolucionario Moderno (PRM), celebrada el pasado domingo en el hotel Sheraton, fue mucho más que una reunión de trabajo político; fue un espejo que reflejó, de cuerpo entero, las razones históricas por las cuales una gran parte de la sociedad dominicana tilda a esta corriente política de “no saber gobernar”. Aunque cambien de siglas, el ADN del viejo Partido Revolucionario Dominicano (PRD) sigue intacto, latente y peligrosamente activo en el corazón del oficialismo.
El caos circense vivido en las afueras de la carpa presidencial desnudó la eterna incapacidad de esta parcela política para gestionar el orden, incluso en sus propios eventos privados. Fricciones logísticas, taponamientos humanos de varias horas y filtros de seguridad tan deficientes como asfixiantes terminaron retrasando la entrada de altos funcionarios del Estado y de la propia dirigencia de base. Lo que debió ser una muestra de disciplina institucional terminó siendo un ambiente congestionado y hostil. El desorden y el malestar generalizado entre los asistentes confirmaron una vieja norma y costumbre: son prisioneros de su propia cultura de la improvisación. Si un partido en el poder no puede organizar el acceso fluido a una asamblea de dirigentes, la ciudadanía tiene todo el derecho a preguntarse cómo pretenden gerenciar con eficiencia los complejos destinos de una nación.
El trasfondo de este desorden logístico no es técnico; es político. El caos exterior fue el reflejo exacto de la crisis y la tensión interna que carcome las entrañas de la organización oficialista de cara al año 2028.
El punto álgido de la jornada, y el que terminó por destapar la caja de Pandora, fue la ruidosa ovación, a todas luces organizada por los seguidores del Ministro de Turismo, David Collado, de cara a sus aspiraciones presidenciales. Esta manifestación, evidentemente ensayada, rompió el libreto oficial y desató los demonios internos. La molestia no se pudo disimular. Quedó patentizada en los videos y fotografías que ya saturan los medios y las redes sociales, donde se observa al expresidente Hipólito Mejía reclamarle públicamente y de forma airada a Collado. La furia del veterano caudillo no solo evidenció su disgusto personal, sino la profunda grieta que existe entre las facciones tradicionales que se resisten a perder el control y el emergente relevo que empuja con agresividad.
El comportamiento histórico de este grupo político vuelve a pasarles factura ante la opinión pública. La sociedad dominicana observa con profunda preocupación cómo, apenas cruzando la mitad del periodo gubernamental, la estructura del PRM prefiere enfrascarse en luchas intestinas de poder, canibalismo político y espectáculos públicos en lugar de concentrarse en la urgente crisis económica que ha sometido a sus gestiones de Gobierno.
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Mientras ellos se disputan el trono, el país padece el deterioro progresivo de los servicios básicos indispensables —como el agua potable, la intermitente y costosa electricidad, las carencias en salud y las deficiencias en la educación—, todo esto agravado por una galopante inseguridad ciudadana y el asfixiante alto costo de la canasta familiar que golpea el bolsillo del pueblo dominicano. El fantasma de las divisiones destructivas del pasado ha vuelto a presentarse en el Sheraton, recordándole a la ciudadanía que, por más que se vistan de modernidad, el gen del desorden y la lucha grupal sigue siendo su peor enemigo.
