República Dominicana se encuentra en un punto de inflexión. Entre el alto costo de la canasta básica, una crisis de vivienda que asfixia a la clase media y una inseguridad que no da tregua, el pulso de la nación está al límite.
POR JOSE ABREU
La República Dominicana atraviesa un momento de efervescencia social que no puede ser ignorado. Lo que vemos hoy en las calles no son hechos aislados, sino los síntomas de una sociedad que siente cómo el costo de la vida y la precariedad de los servicios básicos le cortan el oxígeno.
Desde las comunidades de El Aguacate, donde la protesta contra un vertedero se convierte en un grito por el derecho a la salud, hasta el emblemático Santo Cerro, el descontento es palpable. No es coincidencia que sectores fundamentales como la salud y la educación estén en pie de lucha; cuando enfermeras, médicos y profesores coinciden en el reclamo, es porque la base del bienestar social está agrietada por un deterioro sistemático de los servicios públicos. Los apagones y las deficiencias en la gestión eléctrica siguen siendo una “herida lacerante” para la cotidianidad de los pueblos.
El detonante diario, sin embargo, ocurre en el bolsillo. El alza constante de la canasta básica ha dejado de ser una estadística para convertirse en angustia familiar. A esto se suma una crisis habitacional silenciosa: el 42% de la población vive alquilada y apenas un 1% accede al pago de vivienda propia, convirtiendo el techo digno en una quimera.
Para agravar el panorama, la inseguridad ciudadana se mantiene como la principal preocupación de los dominicanos. A pesar de los discursos oficiales, el miedo a los atracos a plena luz del día en sectores como La Joya o Nueva Jerusalén mantiene a la población en zozobra. La delincuencia y la violencia social ya no solo se miden en cifras, sino en la libertad que el ciudadano ha perdido para transitar por sus propias calles.
Esta combinación de carestía, déficit de vivienda, servicios deficientes e inseguridad configura un escenario de alta sensibilidad. El país no solo necesita promesas o reportes de “mejoría” estadística; requiere una ejecución eficiente que devuelva la paz a los barrios y la estabilidad a la mesa dominicana. Es hora de pasar del diagnóstico a la acción, antes de que el descontento pase de la protesta a la parálisis.