Garrett Whitlock, relevista de los Medias Rojas de Boston, es retirado por el manager Chad Tracy en el segundo juego de la serie de comodines ante los Yankees de Nueva York, el miércoles 30 de septiembre de 2026 (AP Foto/Frank Franklin II) License this photo
Nueva York (AP).– El milagro de los Medias Rojas de Boston se estrelló de frente contra la cruda realidad de los playoffs y los excesos de la analítica moderna. Por segunda temporada consecutiva, los Yankees de Nueva York despacharon a sus eternos rivales hacia el invierno, imponiéndose con un contundente 9-2 para completar una barrida de dos juegos en la Serie de Comodines de la Liga Americana. La eliminación ha desatado una tormenta de críticas en las Grandes Ligas, poniendo bajo la lupa el fracaso de las decisiones de oficina impuestas por el mánager novato Chad Tracy.
Boston, que fue superado por un vergonzoso marcador global de 18-2 en la serie, vio cómo su bajeza ofensiva (apenas 7 hits) se conjugó con un colapso histórico de su cuerpo de lanzadores. La ofensiva de los Medias Rojas apenas logró cortar una sequía de 26 entradas consecutivas sin anotar en postemporada gracias a un cuadrangular solitario del venezolano Willson Contreras en la sexta entrada, un esfuerzo estéril ante una alineación de los Yankees que, incluso sin el lesionado Aaron Judge, castigó al pitcheo de Boston con 26 indiscutibles a lo largo de la serie.
La tiranía de los datos sobre el factor humano
El colapso de los Medias Rojas expone el debate más agudo del negocio del béisbol actual: la dependencia absoluta de los modelos matemáticos por encima del instinto y la jerarquía en el terreno. Necesitados de una victoria para forzar un tercer partido, Tracy retiró de manera inexplicable a su as Sonny Gray en la quinta entrada tras apenas 70 lanzamientos, luego de permitir un sencillo con dos outs en un juego que iba 1-0. Gray, ganador de 18 partidos en la temporada regular, explotó de frustración en los camerinos: “Creo que soy el mejor lanzador de la Liga Americana cuando paso por el orden al bate por tercera vez. Eso es un hecho; me habría gustado que confiaran en mí”.
El receptor Willson Contreras fue aún más agresivo al cuestionar la estrategia de su propio dirigente, haciendo un gesto de silencio con el dedo en los labios antes de disparar contra la gerencia: “No es suficiente cuando tienes talento o tienes datos o tienes computadoras que te dicen qué hacer, porque esto es béisbol. Los datos están aquí para ayudarnos, pero al final del día vas a necesitar experiencia y veteranos para ganar juegos”.
Tracy, quien pasó de dirigir en Triple-A a firmar una extensión de tres años hasta 2029 tras asegurar el comodín, repitió el mismo error técnico de la noche anterior al entregarle la pelota de inmediato al relevista zurdo Erik Miller. La movida ignoró de forma fáctica que el bateador de turno de los Yankees, el zurdo Cody Bellinger, exhibía el mejor promedio de las Grandes Ligas contra lanzadores de su propia mano (.310). Bellinger hizo pagar la novatada con un sencillo remolcador, y más tarde sepultó a Boston en la sexta entrada con un destructivo jonrón de tres carreras ante Garrett Whitlock para coronar un ramillete de seis anotaciones que selló el choque.
Del milagro al colapso del bullpen
La derrota borra de golpe lo que Crochet calificó como un trayecto “milagroso”. Boston hizo historia al convertirse en apenas el cuarto equipo en los registros de MLB en clasificar a los playoffs tras haber estado 14 juegos por debajo de .500 (con un inicio de 32-46) y tras hilvanar una racha de 15 victorias consecutivas en julio. Sin embargo, en la hora de la verdad, la estrategia de la oficina central destrozó su propia fortaleza: un bullpen que lideró las Grandes Ligas con una efectividad de 3.00 en la campaña regular, terminó la serie con un humillante promedio de carreras limpias de 20.25, permitiendo 15 anotaciones y un astronómico promedio de bateo rival de .484 en apenas 6.2 entradas de labor.
Mientras los directivos Craig Breslow y Chad Tracy aseguran sus puestos en la organización con contratos amarrados hasta el 2029, a la fanaticada de Boston le queda el amargo sabor de una postemporada entregada en bandeja de plata al rival de siempre por seguir el guion frío de una computadora.