Redacción Noticiasenlineard
La permanencia de los restos de Pedro Santana en el Panteón Nacional se mantiene como uno de los debates históricos, políticos y sociales más intensos, complejos y prolongados en la República Dominicana. Esta controversia no es nueva; ha estado latente en la opinión pública desde el preciso momento en que el entonces presidente Joaquín Balaguer ordenó su traslado al emblemático mausoleo en julio de 1978, apenas semanas antes de traspasar el poder tras sus primeros doce años de gobierno. A día de hoy, la figura del primer presidente constitucional del país sigue generando profundas divisiones debido a las drásticas contradicciones de su vida pública y militar.
Por un lado, los sectores que exigen con vehemencia la salida de sus restos argumentan que sus acciones posteriores empañaron de manera irreversible sus méritos iniciales. El principal argumento en su contra es la Anexión a España en 1861, un acto que gran parte de los historiadores califica como alta traición a la patria al entregar voluntariamente la soberanía nacional a una potencia extranjera. Asimismo, se le recrimina con dureza la implacable persecución y ejecución de prominentes héroes nacionales y mártires de la independencia, de la talla de María Trinidad Sánchez, Francisco del Rosario Sánchez, Antonio Duvergé y José Joaquín Puello, además de haber decretado el destierro del patricio Juan Pablo Duarte. Para los defensores de esta postura, resulta una contradicción ética y moral que el opresor comparta el mismo suelo sagrado con las víctimas a las que ordenó fusilar.
Por otro lado, quienes sostienen que sus restos deben permanecer en el Panteón Nacional centran su defensa en su innegable e indispensable rol militar durante los primeros años de la República. Santana fue el estratega y jefe del ejército que lideró batallas decisivas para la consolidación de la independencia nacional, tales como la Batalla del 19 de Marzo en Azua (1844) y la Batalla de Las Carreras (1849). Los defensores de esta corriente jurídica e histórica advierten que, sin la pericia militar y la determinación de Santana en el campo de batalla, el naciente Estado dominicano habría sucumbido desarmado ante las constantes e intensas invasiones haitianas de la época. Desde esta perspectiva, la historia debe ser evaluada en toda su complejidad y sus restos deben mantenerse como el reflejo de una era fundacional, evitando juzgar hechos del siglo XIX con estándares contemporáneos.
En el plano legal y político, la disputa se traslada con frecuencia al Congreso Nacional. A lo largo de los años se han depositado múltiples proyectos de ley y resoluciones que buscan derogar el decreto emitido por Balaguer en 1978, solicitando formalmente el traslado de los restos hacia su natal provincia de El Seibo o a un camposanto común. Hasta que no se logre un consenso legislativo definitivo o un nuevo decreto del Poder Ejecutivo que ordene su exhumación oficial, el cuerpo de Pedro Santana continuará reposando en el Panteón de la Patria, dividiendo las opiniones de una sociedad que aún no cicatriza por completo los capítulos más turbulentos de su memoria histórica.