CARACAS (AP) — Hay felicidad, y luego está la felicidad venezolana. Se siente más dulce. Más ruidosa. Más profunda.
Quizá porque no llega tan a menudo. O porque ha sido reprimida por las fuerzas de seguridad y autocensurada para evitar la cárcel. O porque parece, colectiva e individualmente, inalcanzable.
Pero la nación la sintió el miércoles. Su gente lloró, gritó, bailó, se abrazó y bebió después de que la victoria de Venezuela por 3-2 sobre Estados Unidos en la final del Clásico Mundial de béisbol la noche anterior desatara la emoción.
“No habíamos expresado esa felicidad que queremos gritar”, comentó la peluquera Deyanira Machado afuera de un salón de belleza en Caracas, la capital.
A diferencia de tantas cosas aquí, el marcador en los televisores de todo el país era definitivo. No iba a cambiar en los próximos minutos o días. No estaba sujeto a interpretación. Y jóvenes y mayores, políticamente activos o no, ricos y pobres, exhalaron tras contener la respiración durante años.
“Esa felicidad la teníamos ahí guardada porque algún día nosotros la vamos a sacar como tiene que ser, como anoche, y mejor que anoche”, expresó Machado.
La victoria llegó después de dos meses vertiginosos para los venezolanos.
Comenzaron el año viendo cómo su presidente autoritario de casi 13 años, Nicolás Maduro, era sacado a escondidas en la noche por el ejército de Estados Unidos y aparecía esposado en la ciudad de Nueva York. Luego vieron a la Casa Blanca trabajar con leales al partido gobernante, no con la oposición política, para intentar enderezar el rumbo del país.
Mientras miles de venezolanos en el extranjero celebraban la caída de Maduro, aquí nadie se atrevía a expresar públicamente ni el más mínimo indicio de aprobación. La brutal represión del gobierno, particularmente después de las elecciones presidenciales de 2024, les había enseñado a contenerse de expresar hechos o emociones que pudieran considerarse antagonistas.
La felicidad, o la disidencia, era vigilada. Las personas que celebraron lo que abundante evidencia creíble mostró como una victoria contundente del candidato opositor se convirtieron en objetivos del gobierno después de que las autoridades electorales declararan ganador a Maduro sin presentar pruebas que respaldaran su afirmación. Publicaciones en redes sociales y estados de WhatsApp bastaban para que alguien terminara en la cárcel.
El miedo, la rabia y la decepción se enconaron. Incluso los chats vecinales se quedaron en silencio, ya que los desacuerdos con los vecinos se volvieron demasiado arriesgados.
Los venezolanos se adaptaron una vez más, siempre con la sensación de que en cualquier momento habrá otro giro del destino. Los adultos se concentraron únicamente en “resolver”, en arreglárselas día a día, trabajando en uno, dos o tres empleos para poder costear apenas la comida. La inflación de tres dígitos convirtió cualquier cosa que no fueran necesidades en un lujo.
La presidenta interina Delcy Rodríguez declaró un “Dia de júbilo nacional” después de que terminó el juego, convirtiéndolo en un feriado no laborable para todos excepto los trabajadores esenciales. Aunque nadie necesitaba permiso para faltar al trabajo o a la escuela. Era un hecho desde el momento en que terminó el partido y comenzó el ruido.
