No existía una amenaza inmediata por parte de Irán. Pero el presidente vio la oportunidad de llevar al límite a un gobierno debilitado, y apuesta por desencadenar un levantamiento popular.
Con su amplio ataque a Irán la madrugada del sábado y su llamamiento al pueblo iraní para que derroque a su gobierno, el presidente Donald Trump se ha embarcado en la muestra fundamental de guerra de elección.
No lo impulsó una amenaza inmediata. No había una carrera por evitar una bomba. Irán hoy está más lejos de ser capaz de construir un arma nuclear de lo que lo ha estado en varios años, en gran medida gracias al éxito del ataque anterior del presidente contra las instalaciones de enriquecimiento nuclear iraníes, en junio.
Aunque Trump afirmaba que el objetivo final de Teherán era alcanzar a Estados Unidos con su arsenal de misiles, incluso su propia Agencia de Inteligencia de Defensa concluyó el año pasado que pasaría una década antes de que Irán pudiera superar los obstáculos tecnológicos y de producción para fabricar un arsenal significativo.
Con su amplio ataque a Irán la madrugada del sábado y su llamamiento al pueblo iraní para que derroque a su gobierno, el presidente Donald Trump se ha embarcado en la muestra fundamental de guerra de elección.
No lo impulsó una amenaza inmediata. No había una carrera por evitar una bomba. Irán hoy está más lejos de ser capaz de construir un arma nuclear de lo que lo ha estado en varios años, en gran medida gracias al éxito del ataque anterior del presidente contra las instalaciones de enriquecimiento nuclear iraníes, en junio.
Aunque Trump afirmaba que el objetivo final de Teherán era alcanzar a Estados Unidos con su arsenal de misiles, incluso su propia Agencia de Inteligencia de Defensa concluyó el año pasado que pasaría una década antes de que Irán pudiera superar los obstáculos tecnológicos y de producción para fabricar un arsenal significativo.
Y no había indicios de un próximo ataque iraní contra Estados Unidos, sus aliados o sus bases en la región. En cambio, Trump golpeó a la república islámica principalmente porque, al parecer, percibió un notable momento de debilidad del gobierno, y una oportunidad para que Estados Unidos derrocara al ayatolá Alí Jamení y al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica después de 47 años de enfrentamientos episódicos, que describió ampliamente en un video de ocho minutos.
Pero, a diferencia de presidentes anteriores que pusieron en peligro a las fuerzas estadounidenses —y, en la era del terrorismo y los ciberataques, quizá también a la población civil—, Trump no dedicó meses a justificar la guerra. Nunca presentó pruebas de una amenaza inminente, ni respondió a la pregunta de por qué un programa nuclear que afirmaba haber “aniquilado” hace ocho meses estaba ahora a punto de resurgir.
Su video pregrabado, difundido en plena noche cuando los misiles empezaban a explotar en Teherán, enumeraba una lista de agravios de larga data contra Irán, incluido su brutal uso del terror. Pero nunca explicó por qué, en el panteón de amenazas que enfrenta Estados Unidos, incluida una Corea del Norte ya con armas nucleares y los crecientes arsenales nucleares y las ambiciones territoriales de Rusia y China, un Irán debilitado ocupa el primer lugar.
Así que, al elegir este momento y este vector de ataque, un hombre que llegó a la presidencia con la promesa de poner fin a las intervenciones militares temerarias —y a las guerras destinadas a provocar un cambio de régimen— está asumiendo un enorme riesgo. Hay pocos ejemplos en la historia, si es que hay alguno, de un derrocamiento del gobierno de una gran nación —en este caso, de unos 90 millones de personas— solo con poder aéreo.
Sin embargo, Trump ha dejado claro que ese es su plan. Funcionarios del gobierno han insistido en que no tiene intención de enviar tropas terrestres para terminar la tarea, lo que supone una invitación a las “guerras eternas” contra las que hizo campaña.
El vicepresidente JD Vance, quien es famoso por su escepticismo ante las intervenciones militares estadounidenses y pidió abiertamente que Estados Unidos retirara su apoyo a Ucrania, declaró a The Washington Post días antes del ataque a Irán: “La idea de que vamos a estar en una guerra en Medio Oriente durante años sin un final a la vista, no hay posibilidad de que eso suceda”.
Así pues, la apuesta estratégica de Trump depende casi por completo de la capacidad del pueblo iraní, en gran medida desarmado y desorganizado, para aprovechar el momento y derrocar a un gobierno que millones de personas consideran brutal y odioso. Las protestas que llenaron las calles de las ciudades iraníes, y condujeron a una represión que mató a miles de personas, le dieron su oportunidad.
Pero si Trump y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quien, a partir de diciembre, lo instó a lanzar esta guerra y quien se sumó a ella desde el principio, tienen un plan para lograr ese objetivo, aún no lo han revelado, ni siquiera a sus aliados más cercanos.
Altos funcionarios de tres de esos aliados, que van desde Europa hasta el golfo Pérsico, entrevistados en los últimos días, afirmaron que en sus interacciones con los principales asesores de Trump, percibieron poco entusiasmo por estos ataques, y ninguna justificación legal plausible para atacar a Irán ahora. Esos funcionarios hablaron bajo condición de anonimato para describir conversaciones privadas. Sin embargo, su experiencia explica en parte por qué el Reino Unido, el aliado más cercano de Estados Unidos, le prohibió a este utilizar la isla Diego García y las bases de bombarderos en el Reino Unido para lanzar cazas y bombarderos estadounidenses.
“No es que Irán represente una amenaza para nuestros intereses que no haya representado durante 47 años”, dijo Richard N. Haass, expresidente del Consejo de Relaciones Exteriores y autor del libro de 2009 War of Necessity, War of Choice, un estudio de los dos conflictos con Irak, en 1991 y 2003. El primero, concluyó, se definió por objetivos estrechos y alcanzables: liberar Kuwait tras la invasión de Sadam Husein. Una vez que Irak fue expulsado del territorio kuwaití, George HW Bush decidió no derrocar a Husein.
Pero la decisión de Trump del sábado se parecía más a la decisión de George W Bush de librar al mundo de Husein y de su gobierno, debido a la prolongada amenaza que suponía para la paz internacional.
“Al igual que en la segunda guerra de Irak, no había necesidad de atacar a Irán, había una oportunidad”, dijo Haass. “Se trata de un ataque preventivo clásico, para impedir que Irán adquiera capacidad en el futuro. Lo que falta es el ‘¿por qué ahora?’, porque había otras opciones: acuerdos diplomáticos bajo presión militar, embargos económicos, intercepciones de barcos iraníes”.
En derecho internacional, la diferencia entre una guerra de necesidad y una guerra de elección es enorme. Un ataque preventivo —en el que una nación ve un ataque concentrándose al otro lado del río o del océano y ataca primero— se considera legítimo.
