Shohei Ohtani se convierte en el primer jugador en conectar tres jonrones y ponchar a 10 bateadores en un mismo juego, mientras los Dodgers barren a los Brewers en la NLCS y avanzan a la Serie Mundial.
Dodger Stadium como un hombre con una misión.
Tras un par de semanas complicadas —sumido en una mala racha en la postemporada que había generado dudas sobre todo, desde la sincronización de su swing hasta el desgaste físico de sus responsabilidades como jugador de doble función—, el próximo cuatro veces JMV decidió que era momento de cambiar algo.
En los siete juegos previos, desde el inicio de la Serie Divisional de la Liga Nacional, el hombre de 700 millones de dólares no se parecía a sí mismo. Ohtani apenas había conectado dos hits en 25 turnos al bate. Acumulaba 12 ponches y muchas decisiones de swing desconcertantes. Algunos dentro del equipo lo notaban más frustrado de lo habitual, mientras crecían las críticas públicas a su desempeño.
Por eso, durante la práctica del equipo el miércoles en Dodger Stadium, antes del Juego 3 de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional, Ohtani avisó a los coaches de bateo que quería practicar en el campo.
Era un cambio respecto a su rutina habitual —y una señal de su creciente urgencia por recuperar el ritmo—.
“Si esto fuera temporada regular y solo estás viendo una muestra pequeña —ocho, nueve juegos, lo que sea—, probablemente no saldría al campo”, dijo después el mánager Dave Roberts.
Pero “con la urgencia de la postemporada”, continuó, Ohtani “quiso hacer un ajuste por su cuenta”.
Lo que haya encontrado ese día funcionó, y de manera rotunda. Abrió el Juego 3 con un triple. Llegó al Juego 4 más cómodo con su swing. Y entonces, en una de las actuaciones individuales más asombrosas en la historia de los playoffs, llevó a los Dodgers directamente a la Serie Mundial.
En una victoria de 5-1 sobre los Milwaukee Brewers que completó la barrida en la NLCS y le dio a los Dodgers su banderín número 26, Ohtani conectó tres jonrones como bateador y ponchó a 10 rivales en seis entradas en blanco como lanzador.
Transformó unos playoffs decepcionantes en un recuerdo olvidado, fue nombrado JMV de la serie y dejó asombrados a los 52,883 espectadores presentes.
Y entregó el tipo de actuación con la que el mundo del béisbol había soñado desde que el fenómeno de dos vías llegó desde Japón, cumpliendo plenamente la profecía que lo acompañaba como un prospecto casi mítico hace ocho años.
En aquel entonces, su recta de 100 millas por hora y su devastante repertorio de rompimientos fascinaban a los evaluadores. Su majestuoso swing zurdo atormentaba a los lanzadores en su país natal.
Desde Babe Ruth, el béisbol no había visto nada igual.
Hubo dolores de crecimiento (y lesiones) en su transición a las Grandes Ligas. Pero en los últimos cinco años, floreció como el rostro indiscutible del deporte.
Lo único que faltaba, en un currículum lleno de JMVs, Juegos de Estrellas y récords impensables que ni el Gran Bambino logró, era una actuación inolvidable en octubre: un juego en el que dominara desde el montículo, deslumbrara al bate y transformara el partido por completo en el escenario más grande.
Durante aquella práctica del miércoles, Ohtani se preparó para ello. Entró a la jaula de bateo mientras sonaba su canción de entrada por los altavoces del estadio, con sus compañeros observando desde el dugout con curiosidad, y comenzó a conectar jonrón tras jonrón, incluyendo uno que llegó hasta el techo del pabellón del jardín derecho.
El viernes, en una demostración casi inimaginable de su talento sin precedentes, logró hacer exactamente lo mismo.
Después de dejar en base a un corredor en el primer inning con tres ponches seguidos, Ohtani pasó de lanzador a bateador y desató un swing demoledor. El abridor de los Brewers, José Quintana, le dejó una curva lenta por dentro. Ohtani la convirtió en el primer jonrón inicial de un lanzador en la historia (ya sea en temporada regular o en playoffs). La pelota viajó 446 pies, aterrizando en lo alto de las gradas del jardín derecho.
Tres entradas más tarde, tras seguir lanzando sin permitir carrera, Ohtani volvió al plato y conectó su segundo cuadrangular de la noche, aún más lejos. En un swing casi idéntico al de su práctica dos días antes, mandó la pelota cerca del techo del pabellón derecho otra vez: un cohete de 469 pies que cayó en el pasillo sobre las butacas.
Y aún faltaba más.
Con los Dodgers arriba 4-0, Ohtani ofreció su mejor versión como lanzador: dos ponches que dejaron en base un doble en el cuarto, con un efusivo puño al aire al salir del montículo, seguidos de otros dos en el quinto y el sexto inning.
Su recta alcanzaba las tres cifras. Su “sweeper” y su “cutter” mantenían desconcertados a los bateadores. Su “splitter” fue intocable: los Brewers no lograron hacerle contacto en cinco intentos.
Todo lo que hacía se convertía en magia.
El rugido más fuerte de Ohtani llegó en la séptima entrada, después de que su labor en el montículo terminara tras un boleto y un sencillo en la parte alta.
Por tercera vez, lanzó su bate hacia una pelota sobre el plato. Envió un elevado profundo que desapareció en la suave noche otoñal. Rodeó las bases mientras la pelota aterrizaba más allá de la barda del jardín central.
Tres jonrones. Seis entradas impecables. Una exhibición total que llevó a los Dodgers a la Serie Mundial.
Todo eso, apenas dos días después de que Ohtani pareciera estar en su punto más bajo.
Todo eso, justo cuando el mundo del béisbol lo observaba más de cerca.
