Leonardo DiCaprio como Bob Ferguson en una escena de “One Battle After Another”. (Warner Bros. Pictures)
Por Sergio Buerstein
Staff Writer and Assistant Editor
En cierto momento de la película, inmediatamente después de ser liberado por sus compañeros de la cárcel en la que había sido encerrado, Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio) es recibido dentro del automóvil que lo sacará de allí por Sergio St. Carlos (Benicio Del Toro) con un ‘six pack’ de Modelo que ambos empiezan a beber sin demora.
Una escena de esta clase, que parece corresponder a alguna comedia de jóvenes descontrolados y no a un título de autor sobre un grupo de adultos enfrascados en una gesta de liberación, es una muestra clara de que la nueva cinta de Paul Thomas Anderson (“Magnolia”, “There Will Be Blood”) es no solo un producto anómalo en su carrera, sino también un trabajo de difícil clasificación, pese a que se trata de su obra más accesible y divertida hasta la fecha.
Bueno, es anómalo en cierto sentido, porque se encuentra basado en una novela de Thomas Pynchon, el mismo autor posmodernista que escribió “Inherent Vice” (2009), la historia de detectives fuertemente marcada por el humor negro que fue a la vez retomada por Anderson para la creación del entretenido filme del 2014 protagonizado por Joaquin Phoenix.
Al igual que “Inherent Vice”, “One Battle” lidia constantemente con elementos de la contracultura y muestra a sus personajes involucrados en el uso y abuso de alcohol y marihuana, lo que es un arma de doble filo en el sentido de que, si bien atraerá por un lado a quienes favorecen esa clase de consumos -y, por lo tanto, incrementará el nivel de empatía hacia estos mismos personajes-, hará que los espectadores desde ya contrarios a la línea ideológica de los protagonistas rechacen de plano la propuesta.
Claro que eso no es lo único supuestamente cuestionable que hacen estos rebeldes, quienes, además de rescatar a tiros a inmigrantes indocumentados que han sido arrestados, detonan explosivos en inmuebles públicos (lo que los vuelve terroristas, incluso cuando estos se encuentran vacíos) y son perfectamente capaces de manchar sus manos de sangre cuando la situación se les sale de control.
En otras palabras, no actúan como esos guerrilleros de fantasía que algunos quisieran imaginar, sino como insurgentes convencidos de sus métodos agresivos y responsables de decisiones que pueden ser profundamente desacertadas, tal y como sucedía con los seguidores de la Rebelión Galáctica en la serie televisiva “Andor”.
Esto nos pone en una posición complicada; no podemos dejar de imaginar a Trump o a sus allegados acusando a la película de ser “una propaganda de Antifa” (que, claro esta, no es un colectivo unificado ni definido, por más que insistan en ello), así como no podemos dejar de imaginar a simpatizantes de la izquierda mortificados por la visión violentista que se ofrece de la lucha que afirman defender. Lo que ha sucedido en los últimos días en relación al asesinato de un popular activista conservador no hace que los trámites sean más fáciles.
Pero, con esto, Anderson no está dando realmente un grito de guerra. Pese a que la simpatía que muestra por sus revolucionarios es ciertamente mayor a la que muestra por sus supremacistas blancos, se empeña en exhibir contradicciones tan grandes de los primeros como la que se plasma en el romance sostenido por Perfidia (Teyana Taylor), la combativa novia de Ferguson, con el Coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn), un personaje que, pese a ser definitivamente desagradable, resulta incuestionablemente fascinante, sostenido por una de las mejores actuaciones en la carrera de su experimentado intérprete.
Aunque deja siempre en claro que Lockjaw es un sujeto deleznable, a través de él mismo, Anderson desarrolla un aspecto sensual completamente inesperado que le debe mucho a las interacciones que este tiene con Perfidia y que, sin mostrarse nunca de manera explícita (no hay ningún desnudo en toda la cinta), elevan considerablemente la temperatura en la sala de cine.
La escena en la que el militar usa unos binoculares para observar desde lejos a una Perfidia absolutamente deslumbrante tiene que ser uno de los momentos de ‘voyeurismo’ más logrados y desconcertantes en la historia del cine. Lamentablemente, en desmedro del imponente físico que exhibe y de la desmedida energía que destila, el personaje de Taylor (que es conocida igualmente por su carrera musical) no está lo suficientemente desarrollado, como no lo están tampoco algunas de las figuras secundarias.
Y ya que estamos hablando de actuaciones, no podemos dejar de celebrar el talento de un DiCaprio que, en la piel de un revolucionario ‘stoner’ y vulnerable (porque su personaje es todo eso), da todo de sí mientras sigue demostrando la habilidad que tiene para la comedia y su creciente voluntad para encarnar a personajes severamente distanciados del aspecto físico del que gozaba en la ya lejana “Titanic” (1997).
Sería injusto, sobre todo en un medio latino como este, dejar de lado al encantador Del Toro, cuyo Sergio, más allá de repartir chelas a sus camaradas liberados, es el líder de una comunidad que habla en español (él también lo hace en cierto momento) y establece con Caprio una química tan jocosa y efectiva (pero más breve) como la que tuvo con Johnny Depp en la inolvidable “Fear and Loathing in Las Vegas” (1998).
