
En los últimos años, América Latina ha sido testigo de una recalibración significativa de las influencias globales. A medida que Estados Unidos ha reducido su compromiso económico y su presencia diplomática en la región, China ha expandido su huella, ofreciendo financiamiento para infraestructura, acuerdos comerciales y gestos simbólicos de solidaridad. Según el artículo del Wall Street Journal del 18 de mayo de 2025, “China llena el vacío de EE. UU. en las Américas”, la estrategia pragmática y a largo plazo de Pekín está ganando corazones y mentes en territorios donde antes dominaba la influencia estadounidense. En este contexto cambiante, Estados Unidos enfrenta una pregunta crucial: ¿cómo puede recuperar su influencia y reafirmar su compromiso con América Latina? La respuesta radica en revitalizar su poder blando: la capacidad de atraer y persuadir, en lugar de coaccionar o comprar.
Joseph Nye Jr., el académico que acuñó el término “poder blando”, sostiene que la verdadera influencia no proviene solo del poder económico o militar, sino del atractivo de la cultura, los valores y las políticas de una nación. Para Estados Unidos, esto implica ir más allá de la retórica y adoptar una estrategia basada en el respeto mutuo, la colaboración institucional y compromisos creíbles a largo plazo. América Latina, con sus profundos lazos históricos, culturales y económicos con Estados Unidos, sigue siendo un terreno fértil para este enfoque renovado, siempre que Washington logre pasar de un modelo transaccional a uno basado en valores.
El déficit de poder blando
El artículo del Wall Street Journal describe un vacío dejado por el retiro de EE. UU. de compromisos regionales en comercio y desarrollo, especialmente tras la salida de la administración Trump del Acuerdo Transpacífico y el recorte de fondos a varias instituciones multilaterales. China ha ocupado con entusiasmo ese espacio, ofreciendo préstamos y proyectos de infraestructura mediante su Iniciativa de la Franja y la Ruta. Hoy en día, la presencia de Pekín se extiende a puertos en Perú y El Salvador, centros de datos en Argentina y una diplomacia de vacunas en toda la región. Aunque el enfoque chino responde a intereses económicos estratégicos, también aprovecha el simbolismo y el pragmatismo: dos elementos fundamentales del poder blando.
En contraste, Estados Unidos ha sido percibido como inconsistente y a menudo paternalista. Los vaivenes políticos entre administraciones han generado escepticismo, mientras que políticas migratorias punitivas y una aparente indiferencia hacia preocupaciones regionales —como la desigualdad, la corrupción o el cambio climático— han erosionado su liderazgo moral. Nye nos recuerda que el poder blando se basa, en última instancia, en la legitimidad: cuando la cultura y las políticas de un país se consideran justas e inclusivas, este se vuelve más atractivo.
Diplomacia cultural: el poder de los vínculos entre personas
Uno de los instrumentos más eficaces del poder blando estadounidense ha sido, históricamente, su atractivo cultural y educativo. Durante décadas, los estudiantes latinoamericanos han acudido a las universidades de EE. UU., y la música, el cine y el deporte estadounidenses gozan de amplia admiración. Sin embargo, este capital cultural está subutilizado y mal coordinado. EE. UU. debería ampliar drásticamente programas de becas como Fulbright, apoyar la educación bilingüe en español y promover nuevos intercambios académicos centrados en temas clave como el cambio climático, la salud pública y la tecnología, prioritarios para la juventud latinoamericana.
Además, programas de contacto entre pueblos como los Cuerpos de Paz, Ciudades Hermanas y asociaciones patrocinadas por USAID deben ser revitalizados y reenfocados, no eliminados. Iniciativas que envíen a profesores, artistas y emprendedores estadounidenses a América Latina —y viceversa— pueden crear relaciones duraderas y fomentar la comprensión mutua. Como señala Nye, el atractivo suele construirse a través de las conexiones personales, no mediante declaraciones de política exterior.
Diplomacia económica: más allá de la ayuda y el comercio
El compromiso económico sigue siendo un pilar esencial de la influencia estadounidense, pero debe basarse en un espíritu de asociación. Mientras que China ofrece infraestructura sin demasiadas condiciones políticas, sus acuerdos a menudo generan deudas insostenibles y carecen de transparencia. EE. UU. debería contrarrestar esto no con confrontación, sino ofreciendo alternativas transparentes, de alta calidad y alineadas con las prioridades de desarrollo locales.
Programas como la Asociación de las Américas para la Prosperidad Económica, lanzada bajo la administración Biden, proporcionan una base. No obstante, estas iniciativas deben ir más allá de los discursos diplomáticos: deben traducirse en financiamiento para energía limpia, infraestructura digital y desarrollo de pequeñas empresas. Asimismo, la Corporación Financiera de Desarrollo de EE. UU. (DFC) y la Fundación Interamericana deben colaborar estrechamente con bancos regionales y la sociedad civil para diseñar inversiones que reflejen las necesidades locales.
La política comercial, por su parte, debe reorientarse. En lugar de centrarse solo en el acceso a mercados, EE. UU. debería ayudar a sus socios latinoamericanos a fortalecer sus marcos regulatorios, normas laborales y protecciones ambientales. Este enfoque no solo fomenta la prosperidad compartida, sino que también mejora la resiliencia de la región frente a crisis externas: un factor clave para lograr una alineación política y económica sostenible con EE. UU.
Valores democráticos y multilateralismo creíble
Una de las diferencias más marcadas entre los enfoques de EE. UU. y China en América Latina es el papel de los valores democráticos. El modelo chino aboga por la no intervención política, incluso si ello refuerza tendencias autoritarias. EE. UU., en cambio, históricamente se ha presentado como defensor de la democracia. Sin embargo, esa narrativa ha perdido fuerza debido a la polarización política interna y a la inconsistencia de su política exterior.
Para recuperar la autoridad moral, EE. UU. debe reinvertir en la diplomacia multilateral. Apoyar instituciones como la Organización de Estados Americanos (OEA), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la CEPAL no solo demuestra compromiso con la gobernanza regional, sino que también refuerza el orden basado en normas que sustenta la legitimidad democrática. Además, la diplomacia estadounidense debería priorizar la lucha contra la corrupción, la independencia judicial y la libertad de prensa, no mediante la imposición de condiciones, sino mediante el apoyo a instituciones y reformistas locales.
Tecnología, clima y salud: nuevas fronteras del compromiso
Por último, EE. UU. debe reconocer que el futuro del poder blando en América Latina estará determinado por desafíos globales emergentes. La pandemia de COVID-19 expuso las debilidades de los sistemas de salud y de las cadenas de suministro. La crisis climática ha intensificado la demanda de una transición energética, agricultura sostenible y resiliencia ante desastres. Y el auge del autoritarismo digital ha encendido alarmas sobre la vigilancia y la desinformación.
Estas problemáticas representan oportunidades para proyectar poder blando. Estados Unidos puede asociarse con gobiernos latinoamericanos para construir infraestructura resiliente al clima, desarrollar soluciones energéticas limpias y promover una gobernanza digital basada en la privacidad y la rendición de cuentas. La Asociación para la Resiliencia Sanitaria de las Américas, impulsada por la administración Biden, fue un paso en la dirección correcta, pero se necesita una coordinación más amplia con universidades, empresas y filántropos para escalar estos esfuerzos.
Conclusión: reequilibrar la influencia mediante el poder blando
Como señala Joseph Nye, el poder en el siglo XXI no depende solo de quién tiene el ejército más fuerte, sino de quién tiene la historia más convincente. Para América Latina, Estados Unidos aún tiene la posibilidad de contar una historia poderosa: una basada en valores compartidos, prosperidad mutua y vínculos culturales duraderos. Pero para recuperar esa narrativa, Washington debe ir más allá de la diplomacia transaccional e invertir en lo intangible: confianza, credibilidad y atractivo.
La Cumbre de las Américas, que se celebrará en Punta Cana, República Dominicana, en diciembre de 2025, representa una oportunidad de oro para que EE. UU. proyecte un nuevo enfoque de su poder blando, lanzando un “Plan Marshall” para América Latina y el Caribe, con una visión holística que abrace la cooperación y el respeto mutuo, y no una relación entre amo y vasallos.
El ascenso de China en la región no es irreversible. Pero subraya una verdad que Estados Unidos ya no puede ignorar: la influencia no se otorga, se gana—y en una región tan dinámica y diversa como América Latina, el camino más sostenible hacia la influencia es a través del poder blando.

Créditos de articulo: Hoy Digital