Redacción Noticiasenlineard
El sonido de las ollas regresó a los balcones del Distrito Nacional bajo la convocatoria de la rapera Melymel tras el crimen de Herrera; el “Papá del Rap” fustigó severamente la manifestación.
El descontento civil y la indignación colectiva por el trágico deceso del joven Darlin Mercado Reyes a manos de una patrulla policial en el sector de Herrera han detonado una inesperada fractura de opiniones en la cúspide del movimiento urbano dominicano. Diversos perímetros residenciales de alta densidad en el Distrito Nacional —incluyendo los sectores Mirador Sur, Bella Vista, Naco, El Millón y Evaristo Morales— reactivaron de forma sonora la modalidad del cacerolazo nocturno a las 8:00 de la noche, atendiendo un masivo llamado de protesta difundido por la rapera y activista Melymel.
La iniciativa, concebida para exigir la reestructuración profunda de los protocolos de letalidad en la Policía Nacional, generó de inmediato un rotundo contraataque retórico por parte de Avelino Figueroa, artísticamente conocido como “Lápiz Conciente”. El consagrado cantautor arremetió de forma severa a través de sus plataformas digitales en contra del uso de los sartenes como herramientas de reclamo estatal. “Todo lo que son es imitadores”, sentenció el exponente al criticar el cacerolazo, sugiriendo que la clase media del país adopta de forma mecánica formatos de resistencia civil ajenos a la identidad folclórica y de combate tradicional de la República Dominicana.
El origen de un símbolo continental
Desde la perspectiva de los analistas históricos, el cacerolazo posee una vigencia de casi dos siglos que refuta las suposiciones de una invención contemporánea . Aunque se trazan raíces de agitación popular en la Francia de 1830 frente a la monarquía de Luis Felipe I, el cacerolazo adquirió su definitiva dimensión identitaria e institucional en América Latina el 2 de diciembre de 1971 con la histórica “Marcha de las Cacerolas Vacías” en Chile, articulada originalmente en contra de las políticas de desabastecimiento del gobierno de Salvador Allende.
Pocos años después, y ante la instauración de la dictadura militar de Augusto Pinochet, el sonido metálico mutó en un mecanismo de resistencia pacífica y autodefensa ciudadana, permitiendo a los opositores manifestarse desde el resguardo de sus balcones durante los toques de queda sin exponerse a la represión en las calles.
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La práctica cruzó fronteras regionales sirviendo como herramienta de repudio civil en Uruguay, en la severa crisis financiera de Argentina en 2001, en Ecuador y de forma recurrente en Venezuela desde 2013, demostrando que su sencillez logística e impacto acústico la convierten en una poderosa manifestación difícil de neutralizar por los estamentos gubernamentales.